Y el tiempo corre, corre, se detiene. Avanza lentamente, los segundos parecen días, y los días horas, y las horas siglos, y los siglos tazas de café. Nadie prefiere detenerse a ver el gran espectaculo que monta la naturaleza, la suave caida de las hojas, el rugido del indomito viento, el inocente cortejo entre el sol y la luna...
Ya nadie resta cinco minutos de su día para respirar profundamente y dejarse absorver por lo que le rodéa. Cinco minutos que se transforman en horas, días, semanas, meses, años, siglos...
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